viernes, 11 de diciembre de 2009

Un cuento de una hija de misioneros

Estimados ciber-contertulios:

En esta oportunidad les publico la historia de una amiga muy querida. Una hija de misioneros que nos contará en diversos posteos su vida y cómo ella desarrolla ahora un trabajo hermoso con otros hijos de misioneros. Les invito a descubrir la vida de Kari Sandvig...



Mi historia...

"Fue fenomenal ser hija de misioneros en el sur de Chile. Fui feliz en Metrenco, un poblado quince minutos al sur de Temuco. Mis padres trabajaban con la organización Wycliffe en el área de alfabetización con el pueblo Mapuche. Mi mejor amiga era mi vecina, Julie. Mi primer amor fue Tommy, el hijo de misioneros Ingleses -con cinco años de edad, estábamos seguros que un día nos íbamos a casar-.

Tommy y su hermana Liz solían venir de visita los fines de semana, y salíamos con Julie y mi hermano mayor Craig, a explorar en el bosque en el extremo norte del terreno. Mi papá me llevaba con mi hermano a pescar renacuajos al ‘pitrantu’ y los miramos crecer y convertirse en ranas gigantes en la cubeta con agua en el que los teníamos. Amaba subirme al ‘maqui’ (árbol frutal muy común al sur de Chile) que crecía en el patio, trepar hasta donde las ramas se doblaban bajo mi peso, y lanzarme a la mata de quila (también conocida como caña).

Los viernes por la noche eran “Noche de Juegos” en mi casa. A veces jugábamos al escondite con las luces apagadas (¡qué susto cuando mi papá aparecía gritando del closet en el pasillo!). De ese tiempo, lejos mi juego favorito era “noche de disfraces”. Adoraba el traje etíope de mi mamá. Con el vestido puesto, el velo cubriendo mi cabeza, me sentía una princesa. Fue la niñez ideal, llena de aventuras, amigos, risa, juegos y música.

A pesar del amor inmenso que impregnaba nuestro hogar, y a pesar de que celebramos la ciudadanía chilena mía y de mis hermanos, recuerdo ser conciente que yo era “diferente”, distinta a mis compatriotas. Veo claramente en mis recuerdos una mujer en la calle quien me apuntó con el dedo, exclamando: “¡Mira la Barbie!”… Siempre supe que yo era diferente a mis amigos en la iglesia y en el jardín ‘Los Pollitos’. Tenía conciencia de mi piel color rosa, que se quemaba fácilmente al sol, de mi pelo casi blanco y mis ojos azul grisáceos. Mi naturaleza gringa sencillamente era parte de quien era, tal como el ser chileno era parte de quienes eran mis compañeros de colegio.

Tal vez fue cuando mi familia empacó sus bolsos y manejó las quince horas a Coquimbo que entendí de una forma más profunda cuán diferente yo era. Nos habíamos mudado a un barrio donde aún se oía el ruido de construcción y donde nadie nos conocía. Tendría que comenzar de cero y explicar una y otra vez, cómo era que podía ser tan claramente gringa y sin embargo ser “más chilena que los porotos con rienda”.

La ciudad puerto de Coquimbo era un mundo semidesértico, completamente distinto al campo intensamente verde de Metrenco, con sus volcanes en el horizonte. Fue en Coquimbo donde aprendí a amar el murmullo del mar y el graznido de las gaviotas. Coquimbo fue donde descubrí mi pasión por el canto y donde me enamoré por primera vez. Coquimbo fue donde establecí amistades profundas, conocí íntimamente mis obsesiones adolescentes, y obtuve mi primer trabajo. Coquimbo fue donde sentí incomodidad con la enorme discrepancia entre la riqueza excesiva de mis compañeros y la pobreza relativa de mis amigos en la iglesia. Coquimbo fue donde decidí que lograría ser más contenta estudiando por correspondencia en vez de seguir en el colegio para los hijos de familias de “elite” donde me había matriculado hace cuatro años.

Coquimbo también fue el escenario en que me convertí en una snob, donde aprendí que sería mejor decir que yo era Serenense que Coquimbana simplemente porque La Serena era más “cool”. La Serena, ciudad histórica, llena de edificios elegantes de adobe, tenía un mall nuevo de lujo, y no nos olvidemos de La Avenida del Mar, con sus bares, discotecas y departamentos ‘elegantes’ donde vivían mis compañeros. Yo vivía con los pies puestos en dos mundos muy distintos, pero por lo general no sentía la diferencia entre mi pie izquierdo y mi pie derecho. Es con mirar el pasado que noto la enorme discrepancia y estoy convencida de que fueron tiempos de conflicto interior. Pero siendo honesta, no estoy segura si fue así…" (continuará)

1 comentarios:

  1. Excelente Historia Kari, hace mucho que no sabia de ti, no sabes lo que me bendijo leerte.
    cuidate mucho!!

    Bless!!!

    ResponderSuprimir