Acá tenemos la segunda parte de la historia de Kari Sandvig... ¡disfrútenla!
TRANSICION
Tenía deciseis años cuando, en Julio del 1999, mis padres, mis hermanos y yo nos fuimos a vivir al pueblo de Three Hills, en la provincia canadiense de Alberta. El plan era quedarnos por un año hasta que Craig (mi hermano mayor) y yo nos sintiéramos lo suficientemente adaptados para que mis padres y Erik (mi hermano menor) pudieran regresar a Chile. Lo teníamos por asumido que Craig y yo nos quedaríamos en Canada o Estados Unidos para ir a la universidad, costumbre seguida durante décadas por familias misioneras.

Recuerdo que busqué desesperadamente las queridas caras de mis amigos Rodrigo e Israel entre el gentío del aeropuerto de La Serena, mientras abrazaba a Andrés. Recuerdo cuando me despedí de Katia y su mama. Recuerdo como el vacío en mi corazón crecía y se volvía más negro con cada abrazo, cada lágrima, cada “te quiero” murmurado. Recuerdo el estar sentada al lado de mi mamá en el avión que nos llevaría a Santiago, abriendo la carta que me escribió mi mejor amiga. Recuerdo los sollozos que no pude controlar al leer su oración: “Cuando respires, piensa en mí; cuando cantes, piensa en mí; cuando ores, piensa en mí”. Mamá no pudo más que llorar conmigo. Quedé vacía. Sentí que mi vida, que todo lo que amaba y me era familiar, lo que era parte de mis huesos y mi alma, moría con aquel vuelo.
Recuerdo ver a mi “familia” al aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Calgary. Eran personas que a penas conocía pero que aún amaba gracias a los recuerdos nebulosos de un par de veranos y una que otra navidad pasada con ellos. Alguien dijo: -- ¡bienvenidos a casa! Instantáneamente me rodeé de muros gruesos y casi impenetrables. Lo único que mi pobre cerebro exhausto y magullado podia pensar fue:
¡¿BIENVENIDOS A CASA?! ¡“Casa” es el país que acabo de abandonar, donde viven las personas que más amo en el mundo! “Casa” es el país al cual quiero desesperadamente regresar, pero no puedo porque tengo que estar aquí. No te atrevas a insinuar que este lugar infernal puede algún día llegar a ser mi hogar. ¡Odio este lugar y te odio a tí por siquiera sugerir que esto pueda posiblemente ser mi hogar!
Me sentí abrumada por tanta familia; donde mirara, había alguien con quien compartía líneas sanguíneas. Yo me había criado con “familia adoptiva”—mi gente chilena en la iglesia, en el colegio, en mi barrio. Pero ¿familia legítima? Era algo relativamente desconocido para mí. Quería estar sola, para poder llevar luto por todo lo perdido cuando nos fuimos a vivir a Canada: las pérdida de m hogar, mis amigos, seguridad, identidad… La pérdida de todo lo que amaba con toda mi existencia. Pero no. Tuve que ser amable con mi familia y fingir que me caían bien y que me gustaba ir a las cenas familiars que siempre terminaban en silencios incómodos y preguntas inanes como, “¿que tipo de hortalizas siembran los agricultores en Chile?” ¡¿En serio?! ¿A quién le interesa sinceramente cuáles hortalizas se siembran en Chile? Por favor. Lo único que yo quería era tomar el próximo avión con destino La Serena. Recuerdo querer desahogarme con mi mamá como lo había hecho siempre en Chile, pero no me lo permití, porque era su familia con la cual tenía mis dramas.
Encontré refugio en mi colegio con una compañera, hija de misioneros en Camboya, quien, al igual que yo, estaba pasando por el infierno de la transición. Ella me dio “permiso” para experimentar las emociones que no yo quería sentir cerca de mi mamá, por temor que le harían daño.
Lentamente, la vida en Three Hills iba mejorando. No todo era terrible. Hice nuevas amistades. Obtuve un papel en la obra de teatro de mi colegio, tuve buenas notas, y llegué a realmente amar a mi familia canadiense. Fue un proceso largo y lento. Estaba amargada y llena de odio, pero por fin llegué al “otro lado”. Creo que puedo decir con honestidad que mi primer año y medio en Canadá fueron los más difíciles de mi vida (hasta el momento). Pero a la vez fue un tiempo de crecimiento enorme, de aprendizaje y de autoconocimiento.
…continuará…
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