(Tomado del la revista 'La Biblia en las Américas')
Lectura: Hechos 11:4-18
Las palabras "evangelio" y "gentiles" nos resultan muy familiares por escucharlas, tal vez con demasiada frecuencia, en la iglesia. La primera significa 'buenas noticias', y la segunda se refiere a todos los pueblos y naciones que no son judíos. Y aunque conocemos estas palabras, y sabemos lo que significan, pocas veces llegamos a profundizar su significado y en el impacto que tuvieron en la iglesia primitiva. Sin embargo, estas dos palabras representan la esencia de todo lo que narra el libro de los Hechos.
A través de su historia, y desde el llamado de Dios a Abraham, el pueblo de Israel estuvo conciente de ser el pueblo de Dios, llamado a ser "luz de los gentiles" (Isaías 42:6; 49:6). Esa conciencia de elección, sin embargo, con el tiempo llegó a degenerar en un absurdo exclusivismo, el cual se exacerbó en tiempos de Nehemías, mientras se iniciaba la reconstrucción del templo e Israel reafirmaba su identidad como pueblo (Nehemías 10:30; 13:3, 23-27, 30). El mejor ejemplo de excusivismo de Israel puede encontrarse en la historia de Jonás, profeta que se niega a proclamar la palabra de Dios a los ninivitas por considerarlos indignos del perdón de Dios, ¡y que se enoja cuando ve que estos se arrepienten!
En el capítulo anterior (Hechos 10), vemos a un Pedro que en nada es diferente de Jonás, pues se resiste a aceptar como limpio lo que Dios ha purificado. Pero aquí lo encontramos ya cumpliendo el mandato de Dios, de "matar y comer". Y, a diferencia de Jonás, este Pedro convertido va a la casa de un gentil y convive con él; y en vez de enojarse ante la conversión del oficial romano, que antes consideraba inmundo, ¡se alegra de que también a los gentiles Dios les haya dado el Espíritu Santo! Hay aquí una gran enseñanza para nosotros, que muchas veces actuamos igual que Pedro y Jonás. Para Dios "todos somos iguales" (Hechos 10:34). Y aunque teóricamente aceptamos esta verdad por encontrarse en la Biblia, en la práctica nos encontramos haciendo distinciones inaceptables y ofensivas al Dios que nos hizo a su imagen y semejanza.
Creemos cumplir con el primer y gran mandamiento, que es "Ama al Señor tu Dios", pero transgredimos al no cumplir el segundo, que es tan grande y tan importante como el primero: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22:34-40) Llevemos hoy el evangelio a los gentiles. Salgamos a dar la buena noticia a todos aquellos que nos resultan odiosos y repulsivos.
Digámosles que Dios los ama, y que también nosotros los amamos. Y no tenemos que ir muy lejos. "Prójimo" significa "vecino".
( Escrito por Shlomoh Barzel)
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