La triste noticia llegó a las iglesias provocando sorpresa y alguna revuelta. Una familia entera se había perdido. Muertos sin apelación en pleno campo de actividad. Después de años de trabajo arduo y dedicado, morían sin haber podido dejar discípulos. Muchos comenzaron a reclamar por esta situación. ¿Cómo era posible tener que aceptar la muerte de una familia tan valiosa? ¿Cómo podríamos sustituir una pérdida tan grande? ¿Será posible encontrar a los culpables? Las respuestas eran pocas. Lo único que se sabía era el hecho consumado de que alguien había matado a los misioneros.
Este episodio no se refiere a ninguna familia misionera en particular, pero al mismo tiempo a varias. No estoy hablando de ningún atentado religioso. Tampoco hablo de la muerte física de misioneros. Estoy hablando de la pérdida de obreros, de familias enteras que un día dejaron sus propias realizaciones personales, por ir a trabajar en la expansión del Reino y que tuvieron que volver por nuestra inoperancia y falta de compromiso. Lo triste es que muchas veces estos misioneros desaparecen de la historia de las misiones y, en algunos casos, de la historia de las iglesias. Entonces llego a la conclusión de que alguien está matando misioneros…
¿Quién está matando misioneros? Los culpables son los miembros de las iglesias y otros son los mismos líderes de sus denominaciones. Son iglesias y creyentes las que matan misioneros con sus actitudes, desinterés y falta de amor cristiano. ¿Por qué? Acá hay algunas de las armas usadas en estos asesinatos:
1. Sustento inadecuado y/o atrasado
La Biblia es clara, desde el antiguo testamento, al hablar del sustento a los obreros y de un salario correcto. Los sacerdotes fueron protegidos por leyes que les permitían tener una vida digna, ya que se dedicaban a la obra del Señor. En el nuevo testamento, nuevamente, hay varias menciones de eso. La iglesia debía cuidar de sus pastores y misioneros. A pesar de eso, existe hoy una visión mezquina y casi de desprecio hacia el trabajo en el ministerio, hasta argumentando que los pastores o misioneros deben ser pobres e incluso pasar necesidad.
Si un misionero llega a la iglesia vistiendo una ropa mejor que el promedio, ya es escándalo y digno de murmuración. ¿Cuándo se ha visto a un siervo de Dios bien vestido? ¿Cómo es eso de que sus hijos tienen zapatillas de marca? Los siervos de Dios tienen que vestir ropa usada, gastada, ojalá remendada, pero siempre limpia, porque eso da “testimonio”. ¡Esa mentalidad mata misioneros!
Muchos obreros han sufrido porque sus iglesias no levantan un sustento digno. Les gusta decir que un misionero debe vivir por fe, pero la Biblia dice que “el justo vivirá por fe”, no solamente el misionero. Siendo todos nosotros llamados a hacer justicia, ¿no deberíamos entonces todos vivir por fe?
El misionero puede vivir con un salario por abajo del mínimo, puede sustentarse como pueda, puede criar a sus hijos en condiciones difíciles, puede recibir siempre su salario atrasado. Esa mentalidad mata misioneros porque les quita la concentración en su trabajo. ¿Podrías tú dedicarte a tu trabajo si tuvieses duda sobre si tu familia va a tener para comer? Ya he visto a muchos criticar pastores y misioneros por “perder” a sus hijos en los “placeres del mundo”, pero ¿no será que hay responsabilidad compartida en esto? Muchos creyentes mezquinos han ayudado a criar a esos hijos de esta manera, porque simplemente les han robado el gozo de poder vivir dignamente por servir al Señor.
Otro tema sensible es la jubilación. Dentro de los derechos de los trabajadores está el derecho a jubilación y mes tas mes se hace el pago de imposiciones para ello. Pero hay pastores y misioneros que ni siquiera les alcanza para pagar imposiciones, porque “trabajan para nadie”. Conozco el caso de muchos siervos de Dios que, por el desinterés de sus propias iglesias, hoy viven su vejez muy apretados. Nos quejamos de ver pastores muy viejos, “fuera de onda” y que siguen pastoreando… ¿no has pensado que es porque necesitan seguir trabajando para poder vivir, porque nunca nos preocupamos de su jubilación? Al mismo tiempo, esa situación hace que, los que tienen un llamado desisten por no tener garantías que les aseguren condiciones de jubilación. Y seguimos matando misioneros excusándonos en que Dios será el refugio y amparo de los ancianos. ¡Pamplinas!
Un texto aparte debería escribir respecto de los regalos que se hacen a los siervos de Dios: ropa usada, jabón de tercera calidad y pasta de dientes de dudosa procedencia. Y creen que eso es más que suficiente y que el misionero y su familia deben gozarse. Y no dudo que lo hagan, pero esas actitudes siguen matando misioneros en el mundo entero. En casa tenemos los mejores productos, la mejor calidad en todo, pero los pastores y misioneros deben de ser humanos de segunda categoría.
2. Exigencia inadecuada de resultados
Si hay algo que mata, es la comparación injusta. Les cobramos a los misioneros resultados materiales de un trabajo que es espiritual. Medimos los resultados del trabajo misionero en términos de bautismos, convertidos, miembros nuevos en las iglesias, nuevos trabajos sociales realizados. Hay informes que son exigidos y que se basan únicamente en números. Eso sigue matando muchos misioneros.
Necesitamos entender que cada campo es una realidad diferente. Cada obrero tiene su perfil y temperamento. Comparar a un obrero que trabaja con pueblos animistas ya evangelizados con otro que está realizando un trabajo pionero entre musulmanes, u otro que está traduciendo la Biblia en un país de África, o con otro que desarrolla estrategias para hablar de Jesús en medio del barrio rojo en Ámsterdam, es forzar una situación injusta e irracional. Olvidamos que hay campos maduros y otros donde sólo se está sacando las piedras para recién comenzar a mover la tierra que en algún momento será sembrada.
Durante décadas se realizó trabajo misionero en la región oeste de Guinea-Bissau, con resultado aparentemente nulo. Los pueblos musulmanes de ese lugar no se convertían. Los misioneros que estaban allí daban un testimonio ejemplar y lloraban delante del trono de Dios por las almas. Pero nada sucedía. Luego, una iglesia envió un nuevo grupo de misioneros que pudo plantar una iglesia en tiempo récord. Y no fue porque ellos fueran mejores, sino porque un muy buen trabajo fue realizado antes. Pablo plantó, Apolo regó, pero Dios lo hizo crecer (1ª de Corintios 3:6)
Buena y gran parte del trabajo espiritual de un misionero pasa por cosas que no se pueden medir, como la oración, el ayuno, la meditación en la palabra de Dios, el testimonio de vida en familia. Debemos aprender a respetar a los siervos fieles que pagan el precio de la perseverancia para ver algunos resultados. Pablo plantó muchas iglesias, pero en Atenas pareció que no tuvo éxito. Dejemos de lado las comparaciones y exigencias inadecuadas. Sí debemos medir resultados, pero eso debería ser más que números en un informe. Por el bien del campo y de la obra, dejemos de lado las comparaciones… dejémonos de matar misioneros.
3. Vacaciones agotadoras
A todo el mundo le gustan las vacaciones. En ellas descansamos, nos distraemos, conocemos otras realidades o simplemente hacemos lo que más nos gusta (aunque eso sea dormir hasta que nos aburramos). Todo el mundo sueña con la llegada de las vacaciones. Pero he conocido misioneros que las vacaciones son una de las peores épocas del año.
Vacaciones, para muchos misioneros, es sinónimo de doble trabajo, viajes sin parar, noches durmiendo mal, reuniones interminables y separación familiar. Los misioneros son sometidos a un inclemente programa de promoción misionera en la que viajan a diversos lugares, anda de casa en casa para hablar a iglesias donde están poco o nada interesados en las misiones o donde hay pastores que miran con indiferencia el trabajo de estos misioneros porque les podrían desviar ofrendas que él necesita para cambiar el proyector, una nueva cortina de color carmesí con aplicaciones en dorado para el altar o peor aún, para las aplicaciones de oro macizo que “se merece” el púlpito donde prediquen obispos, apóstoles y profetas de dudosa reputación.
Puedo sonar un poco crítico y hasta cáustico en esta descripción, pero créeme que es de fuente muy cercana sobre lo que estoy escribiendo. En lo personal, y a pesar de haber estado trabajando en Brasil (por lo cual fui incluso objeto de críticas y burlas por estar “trabajando en un país donde hacer misiones es fácil porque estás al lado de la playa”), no sé de vacaciones hace mucho tiempo. Es verdad que hay casas donde hemos sido recibidos como príncipes. Es verdad que hay iglesias interesadas y pastores que aman la obra del Señor. Pero también es verdad que hay vacaciones donde se termina más agotado que antes de salir. Y lo peor es que hay que volver al agotador trabajo en el campo. Créeme que muchos años en este régimen acaba por matar misioneros.
Conclusiones:
No quiero terminar esta reflexión de forma negativa. Podemos salvar a nuestros misioneros de estas armas de exterminio. No es tan dificil. ¿Cómo podemos hacer para cambiar esta situación?:
a) Salarios dignos que permita a los misioneros concentrarse en la obra, entregando esos dineros de manera completa (no por tramos) y a tiempo cada vez. No es malo pensar en enviar más de algún incentivo. A fin de cuentas a todos nos gusta darnos un “gustito” de vez en cuándo.
b) Sistemas de medición del trabajo más adaptados al tipo de obra que se realiza, respetando la realidad de cada misionero, basándonos más en su testimonio de vida que en estadísticas o nuevos convertidos.
c) Vacaciones de verdad, donde el misionero y su familia se desconecten de todo lo relacionado al trabajo, se relajen por completo y puedan recargar baterías. Donde puedan gastar su dinero en “tonterías” sin tener que dar explicaciones de por qué se tomó dos helados si debió tomarse sólo uno, donde pueda realmente descansar del trabajo.
Espero que estas ideas nos ayuden a cambiar nuestra mentalidad y nos dejemos de matar misioneros.
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