
Barrera de la imagen
Podemos hacer una lista de al menos tres razones para que comprendamos la dificultad de las personas para con la imagen que poseen de la iglesia. La primera de ellas es la imagen mental que tienen de la iglesia, creada en su infancia. No son pocos aquellos que eran llevados por sus padres a una misa, teniendo que permanecer en absoluto silencio durante un largo y monótono ritual, sin sentido alguno para la vida real. El cansancio generado por un ritualismo sin vida y la falta de pertinencia en el contenido generó cierto bloqueo en la mente de estas personas en relación a la iglesia.
La segunda fuente está asociada a la imagen que la persona tiene de aquellos que frecuentan alguna iglesia. No siempre el compañero de trabajo o el vecino que se dice cristiano es una gran inspiración para que esa persona piense en la posibilidad de visitar una iglesia. Muchas veces estas personas se muestran siempre con el ceño fruncido, contrarias a desarrollar relaciones con los amigos del trabajo o con los vecinos, sus hábitos y costumbres son bastante legalistas y sus palabras suenan siempre duras, de juicio y arrogantes de sus propios logros espirituales.
La tercera y última fuente es la que, lamentablemente, se ha generado en los medios de comunicación, donde siempre muestran reuniones con personas en un éxtasis constante y colectivo, se entrevista demonios, se les expulsa, vuelven a entrar y vuelven a ser expulsados, y donde se exige una cuota de dinero como señal de la fe de aquellos que busca una determinada bendición. Y esa cuota de dinero debe ser proporcional a la bendición. Paralelamente a todo eso, los escándalos sexuales y financieros de pastores y líderes de las iglesias.
Barrera de la sub-cultura
La segunda barrera que la iglesia encuentra al intentar comunicar el Evangelio para sus contemporáneos es la propia sub-cultura interna de la iglesia. Cuando las personas aceptan una invitación de visitar la iglesia de un amigo, aún con todas las imágenes negativas que tengan en mente, aún luchando con lo extraño del ambiente del culto, sea en su versión más tradicional o en su versión más contemporánea.
En su versión histórica tradicional, muchísimos elementos litúrgicos parecen autómatas. Todos se paran en el momento exacto para cantar un himno y se sientan apenas termina. Después se vuelven a parar para la lectura bíblica y se sientan nuevamente. Se quedan parados otra vez para la oración y son invitados a sentarse nuevamente. Eso sin hablar del lenguaje inusual de los himnos y de la exposición de la Escritura. Todo parece completamente descolocado a la cultura en la que todos vivimos de lunes a viernes.
En la versión más contemporánea, el desgaste físico y emocional va un poco más allá del siéntate y levántate o del lenguaje poco usual. Desde el primer acorde de guitarra, todos se quedan en pie durante 50 minutos (por parte baja), cantan, levantan los brazos, danzan, se abrazan, lloran, ríen, oran juntos o se dicen cosas que el que dirige les dice que se digan. Se habla de batalla, en victoria, de trampas, de pruebas, de ataques... y la persona se enfrenta con un mundo totalmente ajeno a su realidad.
Sin embargo, la sub-cultura que acaba por ser una barrera para nuestros amigos, parientes y vecinos no se restringe al momento del culto. Envuelve también otras cosas, como nuestro vocabulario, que es claramente un dialecto: evangeliqués. Imagina, por ejemplo, una persona hablando por celular con un amigo de la iglesia frente a alguien que jamás ha ido a una: "Hermano querido... ¿bendecido esta semana?... Alabado sea el Señor... Siga descansando en los brazos del Señor... Amén, sigamos en la lucha contra los deseos de la carne... Fieles en la batalla hermano... Recuerde siempre mi hermano: no somos de este mundo"
Claramente para esa persona no somos de este mundo. O sea, nadie con ese lenguaje es normal. Nuestras expresiones suenan como códigos secretos que generan extrañeza. ¿Ya te pusiste en el lugar de alguien que nunca pisó una iglesia y llega a un culto donde se habla así: "En reverencia al Señor, vamos a cerrar nuestros ojos y agachar nuestra frente. Oremos en silencio por nuestro pecado y luego de unos minutos, el hermano Anacleto nos llevará a la presencia del trono del Señor por medio de una oración de confesión. Vamos con el corazón contrito... Ahora, mire a la persona que está a tu lado y dile "Te amo en el Señor". Abraza a esa persona y salúdala con ósculo santo. Posteriormente la hermana Efigenia nos guiará en una oración de intercesión"
Barrera del Evangelio
El Evangelio de Dios, por sí solo, posee algunas barreras. Por ejemplo, decir a un empresario de éxito que él no puede hacer nada para cambiar su relación con Dios o decirle a una persona con un doctorado en algo que desde su nacimiento ha estado lejos de Dios, ¿no le suena a esa persona como a nada? Es más... intenta siquiera decirle a una persona que es esencialmente mala. Intenta decirle que la única solución es aceptar de regalo la restauración que Dios ofrece por iniciativa propia. Las personas se sienten rápidamente ofendidas porque no se sienten malas o repudiadas por Dios. Se incomodan con la Gracia. Generalmente prefieren un camino en el cual sean ellos mismos quienes pagan sus deudas con Dios y así entrar a la eternidad sin deber nada a nadie.
Y eso de la eternidad, ¿es creíble?, ¿y que para tener vida eterna el propio Dios se hizo hombre?, ¿y que Dios se hizo hombre en el vientre de una mujer virgen que nunca tuvo sexo antes de eso?, ¿y que después de vivir una vida buena y decente lo condenaron a morir en una cruz entre dos ladrones?, ¿y que más encima, después de tres días muerto, resucitó?
El evangelio posee barreras que tan solamente el Espíritu Santo de Dios puede superar, convenciendo a las personas sobre estas verdades. En este caso quien hace la obra, no somos nosotros, sino el Espíritu Santo de Dios. Es Él quien abre sus corazones para recibir y aceptar estas verdades.
Barrera del Compromiso Total
Otra barrera, asociada a la anterior, es el hecho de que el Evangelio demanda que la persona se rinda integralmente, lo que significa también comprometerse totalmente con la causa. En este punto, no todos quieren continuar. La mayoría de las personas, muchas veces, andan buscando un Dios que les sirva y no uno al que hay que servir. Quieren una espiritualidad que les proporcione bienestar y no una fe que demande compromiso.
Jesús nos envía al mundo para anunciar Su Evangelio a nuestros amigos, parientes y vecinos, pero "no nos ayuda mucho" cuando dice:
"Si alguno quiere acompañarme, niéguese a sí mismo, tome diariamente su cruz y que me siga. Pues quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que quiera perder su vida por mi causa, este la salvará" (Lucas 9.23-24)
Es por eso que aquí sólo el Espíritu Santo de Dios puede convencer a nosotros y nuestros amigos, parientes y vecinos de que vale la pena seguir a Jesús y Él es realmente el camino que debemos tomar. Solamente el Espíritu Santo puede, una vez más, revelar las verdades espirituales.
Así, ante las barreras que nos presenta George Hunter, podemos concluir que la tercera y cuarta son responsabilidad exclusiva del Espíritu Santo. No tenemos mucho que hacer sino anunciar el Evangelio con fidelidad. Claro que debemos hacer algo con la primera y la segunda barrera. Ambas son responsabilidad de la iglesia. Tenemos la tarea de celar para que su imagen y cultura no se transformen en barreras para el propio Evangelio.
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